Por: Francisco Ardiles¿Cuántas películas se han presentado sobre la segunda guerra mundial, en sus distintos escenarios de espanto? Muchas, y casi todas ellas son historias que en el fondo de su trama ponen en evidencia su falta de originalidad. Son incontables las que han aparecido en las últimas dos décadas en el ámbito del cine americano comercial. Debo decir que casi todas ellas han sido producidas a partir de la repetición de una fórmula predecible y fastidiosa que condena a la mudez a gran parte de los hechos que pertenece a la versión de los vencidos. Evidentemente que es insondable el campo de producción cinematográfica dedicada a la producción de historias sobre la primera y la segunda guerra en la que sólo se retratan los ganadores. La diferencia entre unas y otras sólo tiene que ver con el diseño de los uniformes, la pose melodramática de los protagonistas, los detalles de la escenografía, la banda musical y la posición de los planos de las cámaras.
En relación con los puntos en común de estos esquemas cinematográficos podemos decir que coinciden en la visión unipolar de los acontecimientos, y que en consecuencia, siempre se basan en la perspectiva del invasor, sin tomar en cuento el perfil del vencido. La entidad del texto narrativo fílmico de temática bélica, casi siempre está encarnada por un grupo de semidioses armados, superviriles, marines valientes que avanzan por la selva de Vietnam, Corea, el Salvador o Colombia, el desierto de Irak, o las escarpadas y áridas colinas de Afganistán con la foto de sus madres, sus novias o sus hijos escondida en medio de la cartera. También suelen guardar un relicario que a manera de talismán, les dejó el cura de algún pueblo del sur para darse ánimos en los momentos en los que la inspiración patriótica desfallece.
Desde hace unos cuántos años hemos visto, casi boquiabiertos, una incontable cantidad de filmes sobre la guerra que nos han confirmado que en Hollywood sobra el ruido de los efectos especiales pero no las nueces del planteamiento. Estos trabajos se sustentan sobre la estructura temática de una serie de escenas intercambiables, que pertenecen a la misma serie de filmes, cuyo único mérito, si lo tienen, se fundamenta en la compilación de efectos visuales y sonoros que hacen de una narración torpe y predecible, la versión más o menos realista de lo que pudo suceder en cierto momento de la historia.
Si solamente nos referimos al proceso histórico de La Segunda Guerra Mundial, hay tantas películas que haría falta una página infinita para completar la lista. Tenemos un conjunto trabajos con excelente fotografía, mejor sonido, arriesgados movimientos de cámara y excelentes montajes basados en el juego de los planos y contraplanos, que nos dejan con el sinsabor de un argumento inverosímil y desenlaces profundamente aburridos que ofenden el criterio del espectador. Cartas de Iwo jima (2006) de Clint Eastwood, Días de Gloria (2006) de Rai Bouchared, Directos al Infierno (2005) de Jeff Burr, El Imperio del Sol (1987) y Buscando al Soldado Ryan (1998) de Steven Spielberg, El Buen Alemán (2007) de Paul Attanasio y El Último Asalto (2001) de Billy Zane son ejemplos de películas con una magnifica ambientación, un apreciable nivel de producción, pero que sólo merecen ser vistas una vez.
En la fotografía se destacan porque el filme de guerra proviene del documental en casi todas sus facetas. El caso de la primera secuencia de la película de Spielberg, Buscando al Soldado Ryan, es inolvidable, ya que fusiona todas las potencialidades del montaje, el sonido y la fotografía en la edición de unos minutos dispuestos con una impecable maestría, equivalente a la que en su momento puso en su obra de Robert Capa. Salvando las excepciones del caso que en todos lados hay, lo que uno no soporta es que ese nivel formal de tal envergadura venga acompañado de una historia de tal disfuncionalidad argumental. La gratuidad con que se plantea la gravedad de los hechos, el infantil patriotismo y la prolijidad e innecesaria gama de escenas espectaculares en la que todo salta por los aires del bando alemán, mientras miles de balas silban alrededor de los protagonistas sin tocarles un solo hueso, dejan mucho que desear.
Es gracioso observar como muere el enemigo en cada encuentro. Es paradójico que a cada disparo haya un muerto, y que la sangre que ruede sólo sea la de aquellos que encarnan el espíritu del mal y no tienen una voz que traduzca la razón de su lucha, ni una toma que recuerde la foto de su amada.
En esta seguidilla de películas sobre la guerra, la audiencia enardece porque casi siempre termina las cotufas en el mismo momento en que triunfan los valientes de abdominales perfectos.
Juan Nuño en una de sus tantas reseñas cinematográficas, en una precisamente dedicada a la Guerra de Vietnam, plantea una idea con la que estoy completamente de acuerdo. Dice que los americanos son tan descarados al hacer películas dedicadas al tema de la guerra que tienen la osadía de ser el único ejército invasor que mientras lloriquea de nostalgia por la madre patria, mata cuanta cosa viva respira a su alrededor. La mala costumbre de su cine se basa en la autocompasión y la falta de sentido común. En esa repetida y obstinante negación total de la ambigüedad. Autocompadecerse cuando se interfiere con la política interna de un estado extranjero es un abuso. Hablan de la guerra sin escrúpulos, ese es su más evidente defecto. Las víctimas son siempre sus soldados, así se trate de una situación en la que encarnan el papel de verdugos. Esa es la idea fundamental que disfrazan en sus narraciones audiovisuales bélicas.
Son expertos en mistificar el tema de la invasión y el intervensionismo sin remordimientos. Resaltan en cada escena el lamento de sus heridos y la maldad intrínseca en los actos de defensa de sus enemigos. Las películas dedicadas a la invasión del Japón son el colmo del descaro. Jamás ponen al descubierto todas las atrocidades que pueden cometer los vencedores en las guerras. Saben que aunque eso está aclarado en los textos de historia, el cine goza de una potencia visual que es capaz de desmentir lo que dicen los libros y reescribir la versión de los hechos. Los medios audiovisuales de comunicación masiva tienen el poder de inventar lo que nunca sucedió, y desdecir lo que ya estaba aclarado, confirmado y escrito. Vean un modelo supremo de esta falsificación reiterada de la historia en la película de Clint Eastwood que fue citada anteriormente.
¿Cuántos trabajos se han hecho a lo largo de los últimos cincuenta años sobre el Holocausto y la persecución sistemática al pueblo judío? Muchos, de eso no hay duda, pero sería factible preguntarse ¿cuántas se han estrenado sobre las bombas atómicas lanzadas al Japón, o la invasión a Panamá, o repartición de Europa después de la Guerra? ¿Cuantas películas se están rodando sobre el holocausto palestino? Muy pocas supongo. Eso sucede porque las aberraciones de unos procesos sí importan y las de otros no, y porque, así nos duela, la historia nunca la cuentan los vencidos.
En relación con los puntos en común de estos esquemas cinematográficos podemos decir que coinciden en la visión unipolar de los acontecimientos, y que en consecuencia, siempre se basan en la perspectiva del invasor, sin tomar en cuento el perfil del vencido. La entidad del texto narrativo fílmico de temática bélica, casi siempre está encarnada por un grupo de semidioses armados, superviriles, marines valientes que avanzan por la selva de Vietnam, Corea, el Salvador o Colombia, el desierto de Irak, o las escarpadas y áridas colinas de Afganistán con la foto de sus madres, sus novias o sus hijos escondida en medio de la cartera. También suelen guardar un relicario que a manera de talismán, les dejó el cura de algún pueblo del sur para darse ánimos en los momentos en los que la inspiración patriótica desfallece.
Desde hace unos cuántos años hemos visto, casi boquiabiertos, una incontable cantidad de filmes sobre la guerra que nos han confirmado que en Hollywood sobra el ruido de los efectos especiales pero no las nueces del planteamiento. Estos trabajos se sustentan sobre la estructura temática de una serie de escenas intercambiables, que pertenecen a la misma serie de filmes, cuyo único mérito, si lo tienen, se fundamenta en la compilación de efectos visuales y sonoros que hacen de una narración torpe y predecible, la versión más o menos realista de lo que pudo suceder en cierto momento de la historia.
Si solamente nos referimos al proceso histórico de La Segunda Guerra Mundial, hay tantas películas que haría falta una página infinita para completar la lista. Tenemos un conjunto trabajos con excelente fotografía, mejor sonido, arriesgados movimientos de cámara y excelentes montajes basados en el juego de los planos y contraplanos, que nos dejan con el sinsabor de un argumento inverosímil y desenlaces profundamente aburridos que ofenden el criterio del espectador. Cartas de Iwo jima (2006) de Clint Eastwood, Días de Gloria (2006) de Rai Bouchared, Directos al Infierno (2005) de Jeff Burr, El Imperio del Sol (1987) y Buscando al Soldado Ryan (1998) de Steven Spielberg, El Buen Alemán (2007) de Paul Attanasio y El Último Asalto (2001) de Billy Zane son ejemplos de películas con una magnifica ambientación, un apreciable nivel de producción, pero que sólo merecen ser vistas una vez.
En la fotografía se destacan porque el filme de guerra proviene del documental en casi todas sus facetas. El caso de la primera secuencia de la película de Spielberg, Buscando al Soldado Ryan, es inolvidable, ya que fusiona todas las potencialidades del montaje, el sonido y la fotografía en la edición de unos minutos dispuestos con una impecable maestría, equivalente a la que en su momento puso en su obra de Robert Capa. Salvando las excepciones del caso que en todos lados hay, lo que uno no soporta es que ese nivel formal de tal envergadura venga acompañado de una historia de tal disfuncionalidad argumental. La gratuidad con que se plantea la gravedad de los hechos, el infantil patriotismo y la prolijidad e innecesaria gama de escenas espectaculares en la que todo salta por los aires del bando alemán, mientras miles de balas silban alrededor de los protagonistas sin tocarles un solo hueso, dejan mucho que desear.
Es gracioso observar como muere el enemigo en cada encuentro. Es paradójico que a cada disparo haya un muerto, y que la sangre que ruede sólo sea la de aquellos que encarnan el espíritu del mal y no tienen una voz que traduzca la razón de su lucha, ni una toma que recuerde la foto de su amada.
En esta seguidilla de películas sobre la guerra, la audiencia enardece porque casi siempre termina las cotufas en el mismo momento en que triunfan los valientes de abdominales perfectos.
Juan Nuño en una de sus tantas reseñas cinematográficas, en una precisamente dedicada a la Guerra de Vietnam, plantea una idea con la que estoy completamente de acuerdo. Dice que los americanos son tan descarados al hacer películas dedicadas al tema de la guerra que tienen la osadía de ser el único ejército invasor que mientras lloriquea de nostalgia por la madre patria, mata cuanta cosa viva respira a su alrededor. La mala costumbre de su cine se basa en la autocompasión y la falta de sentido común. En esa repetida y obstinante negación total de la ambigüedad. Autocompadecerse cuando se interfiere con la política interna de un estado extranjero es un abuso. Hablan de la guerra sin escrúpulos, ese es su más evidente defecto. Las víctimas son siempre sus soldados, así se trate de una situación en la que encarnan el papel de verdugos. Esa es la idea fundamental que disfrazan en sus narraciones audiovisuales bélicas.
Son expertos en mistificar el tema de la invasión y el intervensionismo sin remordimientos. Resaltan en cada escena el lamento de sus heridos y la maldad intrínseca en los actos de defensa de sus enemigos. Las películas dedicadas a la invasión del Japón son el colmo del descaro. Jamás ponen al descubierto todas las atrocidades que pueden cometer los vencedores en las guerras. Saben que aunque eso está aclarado en los textos de historia, el cine goza de una potencia visual que es capaz de desmentir lo que dicen los libros y reescribir la versión de los hechos. Los medios audiovisuales de comunicación masiva tienen el poder de inventar lo que nunca sucedió, y desdecir lo que ya estaba aclarado, confirmado y escrito. Vean un modelo supremo de esta falsificación reiterada de la historia en la película de Clint Eastwood que fue citada anteriormente.
¿Cuántos trabajos se han hecho a lo largo de los últimos cincuenta años sobre el Holocausto y la persecución sistemática al pueblo judío? Muchos, de eso no hay duda, pero sería factible preguntarse ¿cuántas se han estrenado sobre las bombas atómicas lanzadas al Japón, o la invasión a Panamá, o repartición de Europa después de la Guerra? ¿Cuantas películas se están rodando sobre el holocausto palestino? Muy pocas supongo. Eso sucede porque las aberraciones de unos procesos sí importan y las de otros no, y porque, así nos duela, la historia nunca la cuentan los vencidos.


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