Por Rafael Victorino MuñozOscar Wilde nace en Dublín, Irlanda, Isla de Europa noroccidental, hoy dividida entre Irlanda del Norte, que forma parte del Reino Unido, y la República de Irlanda, cuya capital es la cuna de nuestro autor. El año de nacimiento es 1854, es decir, pocos años después de que el país sufriera una terrible hambruna (acaecida entre 1846 y 1848). Dicho suceso, acentuado por la crisis político religiosa que enfrenta a esta nación católica con la Inglaterra protestante, y la consecuente debacle económica del país, produjeron un movimiento migratorio, en el que se estima la salida de su población hacia Europa y América en 10 millones a lo largo de un siglo y medio, hasta la actualidad.
A pesar de que en 1800 se había firmado el Acta de Unión, en virtud de la cual Irlanda formaba parte del Reino Unido y sus diputados asistían al Parlamento británico, y a pesar del Acta de Emancipación de los católicos (1829), el pueblo irlandés siempre tuvo que soportar una política vejatoria de parte de la corona Británica. Desde la época de nacimiento de Wilde, precisamente, la idea de la independencia tomó cuerpo en organizaciones políticas de muy diversas tendencias, que han apelado a diferentes métodos de lucha para alcanzar su soberanía. Esto se logró, digamos que parcialmente, en 1921, tras varios años de actividad del Ejército Revolucionario Irlandés (IRA, por sus siglas en inglés). Gran Bretaña reconoció la independencia de la República de Irlanda, aunque la isla dividida quedó entre este Estado y el territorio del Ulster, que siguió formando parte del Reino Unido, tal como señalamos al principio.
En cuanto al autor, Oscar Fingall O'Flahertie Wills, mejor conocido como Oscar Wilde, fue hijo de un médico y una escritora y vivió una infancia apacible en su natal Dublín. Posteriormente, a partir de 1874, cursa estudios en Oxford; allí recibió un reconocido premio de poesía, lo cual nos da a entender que ya para entonces había comenzado a escribir. Así, publica en periódicos y revistas sus primeros poemas. Además, desarrolla una gran actividad como conferencista en varios países (Estados Unidos, Inglaterra y Francia), exponiendo sus teorías acerca de la estética.
En 1884 contrajo matrimonio; de esta unión tuvo dos hijos. Entre 1887 y 1889 editó una revista dirigida al segmento femenino, y en 1888 publicó su libro de cuentos El príncipe feliz. A éste le siguen, El crimen de lord Arthur Saville y otros relatos, Una casa de granadas, entre otros. En 1891 recoge en un solo volumen su novela, El retrato de Dorian Gray, que anteriormente sólo había sido publicada en entregas. Wilde tuvo gran reconocimiento, tanto con sus cuentos y novela como con sus dramas, entre los que cabe mencionar Salomé y La importancia de llamarse Ernesto.
Además de su fama como escritor, también fue toda una celebridad por su personalidad excéntrica, pero no por ello falto de elegancia. Se le considera, si no el creador por lo menos el precursor de un movimiento: el dandismo. De hecho, cuando se habla de Wilde muchas veces se le define como eso, como un dandi: hombre que se distingue por su extremada elegancia y por sus costumbres y vestimenta refinadas; y de igual modo, cuando se habla del dandismo, el primer nombre que se menciona es el suyo, ya que le consideraba el árbitro de la moda, del vestir y del bueno gusto en su tiempo. Era, pues, un auténtico divo, que de vivir hoy día estaría permanentemente en la mira de los paparazzi.
Pero en 1895 el marqués de Queensberry (el padre de de lord Alfred Douglas, quien fuera amante de Wilde desde 1891), le acusó públicamente de homosexual. Wilde fue condenado a dos años de prisión. Estando allí escribe la Balada de la cárcel de Reading. Cuando culminó su encarcelamiento, y en medio del desprecio de los suyos (hasta sus hijos repudiaron de él), cambió de nombre (se hizo llamar Sebastian Melmoth) y se fue a París, ciudad en la que murió, en el año de 1900, en medio de una mala situación económica, que deterioró mucho su salud, aunada también a la bebida, a la que se aficionó mucho en sus últimos años. Poco antes de morir se había convertido al catolicismo. De manera póstuma, en 1905, se publicó su carta a lord Douglas, bajo el título de De profundis.
El presente volumen de El Perro y la Rana, recoge los cuentos más conocidos y recordados de Wilde. Entre ellos destacan “El príncipe feliz”, “El gigante egoísta”, “El cumpleaños de la infanta”, “El ruiseñor y la rosa”, “El famoso cohete”; y aunque algunos se considera que fueron escritos para niños, la calidad de tales textos, que pueden ser leídos por personas de cualquier edad, es lo que permite ubicar a Oscar Wilde en un sitial especial en la historia de la literatura de todos los tiempos y todos los géneros. Su estilo y lenguaje, si bien son ricos y ornamentados, propios de un esteticista como Wilde, no por eso impiden, en modo alguno, que los textos sean sencillos y fáciles de comprender aun para el lector común.
Y aun cuando el autor fue un ferviente partidario del arte por el arte, es decir, se mostraba escéptico o contrario a la creencia de que la literatura tuviera que ligarse con la política o asuntos similares, incluso escribió una serie de ensayos al respecto (Intenciones, 1891), que le convirtieron en uno de los máximos representantes de lo que se ha dado en llamar esteticismo, no por ello debe pensarse que su obra es ajena a toda preocupación social. Al contrario, se considera que en buena medida el éxito de Wilde se basa en la aguda ironía que expone en sus obras, ironía que casi siempre estuvo dedicada a criticar las hipocresías de sociedad, de su tiempo y de sus contemporáneos.
Esto se puede observar en varios de los relatos mencionados anteriormente, como El príncipe feliz o en El cumpleaños de la infanta, en los que se ponen de relieve los rasgos que Wilde atribuye a la clase burguesa o a la nobleza: desprecio por los problemas e inquietudes de las personas desposeídas; sobrevaloración de lo pragmático y lo superficial, dejando en segundo plano los sentimientos y otros valores; visión utilitaria de las personas de baja condición (sirvientes, empleados), cuya vida es menos valorada que el servicio o trabajo que realicen.
Así que sin querer, o queriéndolo, Wilde terminó siendo, pues, un crítico de su tiempo, que no sólo escribía para decir lindas mentiras disfrazadas que gustaran a los niños. Ya que debajo de cada línea suya, de cada ironía, aguda y mordaz, se esconde la visión de una persona que acaso imaginó un mundo menos injusto.
rafael_victorino27@yahoo.es
OBRAS DE OSCAR WILDE
Prosa:
El príncipe feliz
El crimen de lord Arthur Saville
El retrato de Dorian Gray
De profundis
La balada de la cárcel de Reading.
Teatro:
Salomé
El abanico de lady Windermere
Una mujer sin importancia
La importancia de llamarse Ernesto

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